martes, noviembre 25, 2008

EL LOCO OCTAVIO Y YO, LOQUEANDO LA CIUDAD

Lúber Ipanaqué

Al caer la noche como un puñal que corta el tiempo entre lo real y lo fantástico Piura deja de ser Piura para transformarse en un monstruo misterioso vestido de ciudad, por sus calles que simulan ser venas obstruidas por bolsas blancas de basura de cuando en cuando se suele encontrar caminando o tirado en una esquina, resoplando o efusivo, sobre todo nómada, con sus vestiduras sucias, las barbas blancas crecidas y una colcha sobre el hombro a Octavio, el loco más cuerdo.

Octavio, digna reencarnación de Carlos Marx, quizá sea el único ser en esta ciudad que se ha recibido realmente de hombre, ser trágico y misterioso que sin quererlo ha logrado construir un universo de incógnitas para quienes sólo lo hemos visto transitar con su locura a cuestas o para quienes nos hemos atrevido a conversar con él a cambio de una moneda y nos hemos deleitado con sus teorías inconcebibles- pero que en tiempos en donde lo único razonable parece ser la locura-, nos deja en un mar de desconcierto como verdaderos náufragos de la razón y el pragmatismo, y no sabemos si creerle lo que dice porque quizás nosotros seamos los que estamos realmente locos y él sea el único cuerdo.

Octavio, el políglota, habla francés, alemán, inglés y español. Octavio, el físico, habla de la fórmula vectorial de Vicocksy; Octavio, Harry Haller, quizá el último lobo estepario de esta ciudad; Octavio, el alquimista, es el que ha vencido a la muerte cuando en un principio era un dadito; Octavio el poeta, recita su poema El Beso y habla de Kafka, Vallejo, Rimbaud, Hemingway y otros; Octavio, el filósofo, nadie como él para definir nuestra existencia en una “mierda” y al universo en “otra mierda más grande”; Octavio, el comunista, dice que hay que destruir al imperialismo; Octavio, el alienígena, dice pertenecer a otro mundo en donde todo es energía de la mente, como si creyera en la existencia del topus uranus platónico; Octavio, el profesional, no sabemos cuándo en realidad se graduó de humano-humano, ya que tiene como colegas al Loco toca flauta, que suele sentarse por el Civa; y al Loco Héctor, quien suele burlarse de nosotros al deambular alrededor del Hospital Regional, llegar a la puerta de la Universidad Nacional y darse media vuelta, moviendo sus brazos como si fueran alas de pájaro y así nos dice que él sí puede ser libre.

Una de estas noches lo he visto caminar por la Av. Sánchez cerro, hasta que cruzó en dirección al Cine Municipal y lo he seguido una cuadra. Al saludarlo me reconoció cuando le dije, hola, Octavio, y él me dijo, hola amigo de Pucallpa, he estado leyendo su libro, hasta el momento va bien. Cuando me dijo esto recordé que le obsequié mi último libro y le asentí con la cabeza. Luego caminamos y conversamos, me doy cuenta que sus ojos tienen un brillo impresionante, una pareja de enamorados nos mira, sobre todo a mi, que voy caminando de lo más normal con Octavio y sonríen como diciéndose que el loco soy yo y no Octavio. Y es verdad, yo me siento el loco en ese momento.

A la medida que avanzamos, miro sus pies desnudos y con uñas largas, como las de un animal salvaje,- “un lobo en la estepa”, pienso- pisando el pavimento de las calles, y me pregunto cómo será sentirse así de libre, cómo será estar en ese estado tan natural. Quisiera preguntarle cuál es su nombre, porque no tengo la certeza de que su nombre en realidad sea Octavio, cuál es su apellido, dónde ha nacido, si es verdad lo que dicen, que ha sido profesor universitario, si es alemán; quisiera saber cuántos años tiene y muchas cosas que la gente normal suele preguntar, pero prefiero callar y sólo sentir que es mi amigo. Mientras yo pienso en todo esto, él habla de la vida, del triunfo que han tendido ante la muerte, de cómo la hicieron explotar en mil pedazos con rayos ultrasónicos cuando aun era un dadito y le sacaron “la gramputa”, de que si tan sólo llegáramos a encontrar los cuatros vectores de la fórmula de Vicocksy como “ellos” lo hicieron otro sería nuestro destino.

Siempre habla en plural, como si no estuviera solo y perteneciera quizá a una secta de locos o a un grupo de científicos malévolos o de almas superiores o de espías Nazis que gobiernan el mundo, y me hace pensar en la novela Sobre Héroes y Tumbas de Ernesto Sábato, en donde los “inocentes e inofensivos cieguitos” a quienes por pena damos una moneda pero que en realidad viven en un sub-mundo debajo de la ciudad, en las cloacas, desde donde lo controlan todo y son seres perversos que nos odian a muerte. Esos “inocentes cieguitos” han creado un sistema que nos gobierna, hacen y deshacen de nosotros, hasta controlan los colegios con el tipo de enseñanza que nos brindan y nos meten en la cabeza ideas como “hay que dar una limosna a los invidentes”, tienen un sistema de inteligencia perfecto que al primer intento de rebelión no dudan en eliminar al osado que los descubre, para que luego- como también controlan los periódicos- salgan como víctimas de un accidente de tránsito o un presunto y simple suicidio. Imagino la cantidad de locos que viven en los buzones de la ciudad, que debe ser como otra gran ciudad y de cuán inocentes somos al subestimar y tener tanta compasión a los “pobres loquitos”.

Yo pienso en estas cosas mientras Octavio al mismo tiempo despotrica del sistema, habla de que estamos condenados a estar solos y que terminaremos en la mierda, pues la destrucción, todo, todo, me dice, los edificios, los carros, la ropa que llevas puesto, este metal- me dice mientras sostiene la moneda de un sol que le di-, tus huesos, tu piel, van a la muerte, a la destrucción que no es otra cosas mas que la mierda, la mismísima mierda. El universo es una mierda, la muerte es un mierda, ¿me entiendes?, me pregunta, yo le digo que sí, que estamos jodidos para siempre. Él me mira y siente que hay alguien que lo entiende, yo siento lo mismo, siento que hay alguien que me entiende también.
Caminamos cuatro cuadras llegando cerca al puente colgante, yo siento que me está llevando a su guarida, pero para mi sorpresa y desilusión el se queda parado y me dice, hagamos un pacto de sangre, yo le digo está bien, él me mira y me dice que es hora de irse cada uno a su mundo, y cierra los ojos cuando pone sus dedos a la altura de su sien para después con sus dos puños agitar sus manos con fuerza como si con su mente se trasladara a otro lugar. Cuando termina ese ritual, me quedo con la nostalgia de no poder seguir hablando con él, nos damos la mano y doy media vuelta, esperando volver a verlo pronto, pero ojalá esta vez sea en un bar, y así podamos loquear la ciudad otra noche más mientras recorramos juntos sus venas de monstruo.

1 comentario:

anibal_eh dijo...

Esta bueno tu articulo me parece estupendo tu descripción de octavio y que los rayos atómicos no alcancen tu prosa y que los pecados de la lujuria zoofilica de la que predica octavio no abracen tu poesía mi querido vate así que suerte y que la próxima eclosión de la estrella nos de su magnifica luminosidad