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Portada de la novela |
Ricardo Ayllón
Si
hiciéramos un rápido cálculo cronológico, podríamos decir que Fernando Cueto
(Chimbote, 1964) se inició tarde en la literatura; su primer libro, el poemario
“Labra palabra”, apareció en 1999, cuando el escritor frisaba ya los 35 años,
edad que resulta en apariencia extemporánea para comenzar a publicar. Pero
afirmamos con justicia que lo es en apariencia, pues a la hora de aquilatar su
obra no hay duda de que Cueto hizo bien en esperar, y que los inicios
literarios no requieren de reglas ni cuantificaciones.
Luego
de ese primer libro, su trayectoria no ha podido ir mejor: en 2001 publica el
poemario “Raro oficio”, pero es en la narrativa donde revela mejores aptitudes
artísticas; luego de dos buenas novelas inaugurales, “Lancha varada” (2005) y
“Llora corazón” (2006), obtiene el segundo lugar en el Concurso de Novela
Política Premio Pasacalle con “Días de fuego” (2008), y gana contundencia
cuando en el 2011 triunfa en la Bienal de Novela Premio Copé con “Ese camino
existe”, publicada un año después.
Luego
de la breve “Los Chuchan Boys” (2012), su más reciente libro es la voluminosa
novela “El diluvio de Rosaura Albina” (Santuario – Municipalidad de Nuevo
Chimbote, 2014) que, según nuestra apuesta, es su más lograda arquitectura narrativa.
Quizá algunos estén en desacuerdo con lo dicho debido a que el contenido resulta
‘menos serio’ respecto de la ‘importancia’ de un tema político como el tratado
en “Ese camino existe”; pero es imposible negar que el vuelo técnico y el
resultado artístico son realmente superiores.
Lo
afirmamos porque lo primero que resulta difícil en un proyecto de tan ambicioso
volumen (597 páginas) es mantener en vilo al lector, y el tratamiento de esta historia
definitivamente lo logra. Además de resultar llamativo y provocador con el tema
planteado, el manejo es de una destreza tal que uno avanza con gusto en los
entresijos de las vidas de sus personajes. Junto a ello, es admirable la
pertinencia de la riqueza verbal, el léxico y los nombres sonoros, la
adjetivación constante y audaz, las imágenes ocurrentes y la preferencia por la
hipérbole, aquella figura literaria que permite alcanzar mejores efectos cuando
(como aquí) es correctamente usada.
No
pocas de estas características son particularidades estilísticas del realismo
mágico (forma de escritura en la cual se ha insistido en contextualizar a la
novela), pero si insistiéramos en ubicar el libro en ese parámetro, seríamos
injustos pues olvidamos que su propuesta trae la novedad de un lenguaje más fresco
y actual, permitiendo que nos compenetremos con el contenido como si nos estuvieran
narrando (oralmente) la historia e invisibilizando al escritor, arte difícil de
alcanzar. Para ello el autor ha hecho gala de todas las armas técnicas
posibles: frecuentes mudas espaciales y temporales, saltos cualitativos, subtramas
de apoyo, etc., práctica que ya había mostrado en “Días de fuego” y que aquí ofrece
con mayor sutileza.
La
protagonista de la historia es Remedios Beteta Coralillo, una muchacha que
–perdidamente enamorada– huye de su casa a los 15 años y asume su condición de
prostituta con valentía, en una correntada de tropiezos y logros que le
permiten madurar y aceptar con orgullo sus designios; sucesos estos que forman parte
de un contexto mucho mayor, el de la actividad de prostitutas de talla mayor
(Rosaura Albina, la Huaracina; Altisidora Bustillos, la Española; Gioconda
Espejo, la Jorobada; Magnolia Aparecida, la Cubana), madamas fundadoras de los
primeros burdeles de Chimbote, cuyas enlazadas existencias ocasionan un
verdadero ‘diluvio’, arrastrando consigo las intensas vidas de esos magníficos
antagonistas que son el doctor Serafín Beteta y Angustia Remolinos, y de aquellos
entrañables personajes secundarios como la Paloma, la Sabihonda o la Koki. Con
tan inquietante argumento y ese mítico paisaje chimbotano salido del estupendo
pulso de Cueto, “El diluvio de Rosaura Albina” quedará en el escaparate de lo
mejor de la narrativa nacional.