domingo, julio 31, 2011

La cabaña

Cabaña


Eduardo Valdivia Sanz

La doctora Anne Bache siente morir de náuseas apenas prueba el fluido gelatinoso de los cactus del cañón de Mal Paso. No corren arroyos en varias millas a la redonda, el sol le produce ardor en la cabeza, la piel se le cuartea y si no encuentra un poco de agua las alucinaciones se manifestarán.

Ocurre lo esperado, sus riñones no pueden filtrar el amoníaco de la sangre, en el aire surgen de pronto unos seres de color violeta que le arañan el rostro.
Escapando a los límites de la realidad, la doctora recuerda al vendedor de autos usados de Jefferson Town:

—Esta camioneta, de doble tracción y de faros neblineros, se halla en buen estado; la transportará hasta la luna.
—No pido gran cosa. Me basta con llegar al cañón de Mal Paso.

El vendedor saca un pañuelo mugriento de su pantalón y seca las gotas de sudor que le caen por la frente.
―Mal lugar a donde se dirige, le aconsejo a usted que desista de su viaje.


En sus mitos y leyendas, los indios cheyennes cuentan que por el cañón de Mal Paso; habita el espíritu contrario de Manitu. Y ese ser es el diablo.

—Es justo el mito que pretendo desentrañar.

—El diablo existe, no debe ir lejos, si lo busca.

«Raro ese hombre―pensó Anne―puedo jurar que temblaba de miedo, la gente de los pueblos ve demonios y fantasmas».

Mientras la doctora mira el letrero de desviación de la carretera que lleva hacia el cañón de Mal Paso, recuerda el concejo del decano de su facultad de arqueología:

—No vayas a la cueva del hechicero.

El doctor Charles Ford en 1972 publicó una estrafalaria tesis en la que afirmaba que los egipcios habían navegado en sus naves de papiro hasta la península de Yucatán y que gracias a ellos floreció la cultura Maya. Yo en tu lugar no aceptaría la invitación. La comunidad científica lo considera un demente.

―Tal vez. Pero nada se pierde.

Por el cañón de Mal Paso han ocurrido siempre sucesos extraños. El temor y la ignorancia encabezan la lista de los grandes males de la humanidad.

—Como digas, pero juzga estos hechos: En 1974 siete arqueólogos de esta facultad partieron a la cueva del hechicero. Cuatro de ellos no volvieron y los tres restantes los enviaron como internos a un sanatorio en Rhode Island. Por cierto, cuando los encontraron, portaban dos mochilas llenas de carne cruda. Según el informe policiaco, eran los restos de sus otros compañeros.

La doctora, ensimismada por sus recuerdos, escucha en la casetera de la camioneta música de Patti Smith, no presta cuidado a una roca que aparece en medio del sendero.

Aprieta los dientes cuando un peñón golpea de lleno debajo del motor. La camioneta zigzaguea y se sale del camino.

El vehículo pierde estabilidad y se producen dos vueltas de campana, el motor ruge al detenerse. Disipada la polvareda, la mujer toca su frente, se ha cortado con el espejo retrovisor. Su primera reacción consiste en llamar a una grúa de auxilio mecánico. Pero, no bien intenta usar el celular advierte que carece de señal telefónica.

Repuesta del susto, consulta su mapa; cinco millas de camino la separan del cañón de Mal Paso.

Dos horas más tarde surge un campamento abandonado. Es el lugar donde Charles Ford debía esperarla.

La doctora se siente angustiada y confundida, Ford no ha llegado a la cita y la batería del celular se ha descargado.

Nunca le ha sucedido algo parecido; la batería suele durar cuatro días, recién la ha recargado el día anterior.

Pierde el sentido de la realidad, Jefferson Town se encuentra a 100 millas de camino. Consulta su reloj pulsera, son las cinco de la tarde, oscurecerá pronto.

Anne Bache decide descansar durante las horas de sol para viajar cuando caiga la oscuridad.

Luego de comer el último chocolate de su mochila festeja que su abuelo le haya enseñado el modo de orientarse por medio de las estrellas.

Anne ve una tenue luz de esperanza; considera que podrá sobrevivir si viaja de noche.


2

En el medio de la oscuridad de la cabaña, despertó de pronto con el ánimo triste; ha visto a su abuelo en un sueño. Siempre que recuerda la figura de su pariente, se levanta afligida.

El abuelo se suicidó, ella tenía trece años cuando lo encontró con el rostro hecho una masa sin forma, se disparó con una escopeta calibre doce.

Bebe un sorbo de agua para serenarse, pero un pensamiento de miedo surge de pronto. Enciende su linterna y comprueba que le quedan dos litros de agua.

Ciega de desesperación, busca cualquier envase de agua, luego de diez minutos, a punto de agotar las pilas de la linterna verifica que solo le queda la botella de agua de la mochila.

Decide salir de la cabaña; empuja la puerta y esta se haya trabada. Forcejea una y otra vez con la cerradura, pero los esfuerzos carecen de sentido. Cerca del llanto pretende derribar la puerta, pero no consigue romper esa dura madera de roble. Enciende su linterna con el fin de abrir una de las ventanas, pero es inútil las han embarrotado.

Cerca de la desesperación, grita como si unas garras le arañaran el rostro.

A partir de aquel momento, intenta derribar la puerta, pero no consigue mover ni un ápice de aquella muralla de madera.

Recién cuando aparecen los primeros rayos de sol logra franquear la puerta. No bien sale, comienza a correr.
Después de media hora de camino siente a sus pulmones estallar, sus pies ya no le obedecen. Abre la mochila, no puede creerlo, en su carrera ha dejado caer la botella.

No duda en regresar sobre sus pasos, pero no encuentra el recipiente de agua a pesar de que pasa toda la mañana buscándolo.

Presa de la desesperación vuelve a la cabaña. Al entrar ve una cama que la espera.

En un instante se queda dormida, en su sueño ve a unos seres que visten ropas de cuero con diez ojos entre la frente y los pómulos.

Cuando despierta ya ha caído la noche. Con miedo empuja la puerta, es inútil, no se puede abrir.

Esa noche no llora, no grita, espera pacientemente a que amanezca.

Con la luz del sol sale de la cabaña, pero no encuentra lugar a donde huir.

En el desierto las sombras la esperan, las tinieblas repiten su nombre. Está atrapada en la cabaña.

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