viernes, julio 01, 2011

Perra memoria

Fotografía: Adolfo Venegas Jara.

José Lalupú

El tiempo es una línea. Cada uno de los puntos de esa línea es un episodio de nuestras vidas. Hubo un tiempo en que la línea de mi vida y la línea de la tuya se entrecruzaban maravillosamente. Ahora no, ahora mi vida es un punto solitario, como una isla a la que ningún náufrago ha de llegar.

Sería absurdo, ahora que ya no quieres oírme, pretender convencerte de que soy inocente. Ahora, tan distantes uno del otro, sólo nos queda pensar que siempre fuimos mejores en el recuerdo. Siempre vivimos así: construyendo recuerdos todo el tiempo. Más que la vida nos interesaba el recuerdo de lo vivido: la fotografía que quedaría guardada para admirar después. Era un poco como vivir sin emoción, pero respirando, besándonos, buscando la belleza de cada situación como si estuviéramos frente a una cámara.

Ahora contemplo todas esas fotografías y me doy cuenta de que esa época, cuando en la Universidad compartíamos las aulas de la facultad de letras, nos ha dejado recuerdos imborrables, recuerdos como heridas de puñal.

Una de mis fotografías favoritas es la de Barroco, el perro. 

¿Te acuerdas del perrito que andaba siempre rondando por el comedor? Debes de recordarlo. Ese perrito de la espalda moldeada por la sarna, picada a cuchillazos. Le decíamos Barroco por esa piel tan artísticamente tallada. Cada vez que lo veías mendigando algún hueso entre los estudiantes, surgía en ti esa necesidad de gritar, ese deseo de desesperar a la gente y suicidarla. “Pobrecito” decías mirándolo con lástima, y eras capaz de quitarme la comida de la boca para dársela.

Barroco parecía perro, pero en realidad no era un perro. Era un príncipe guerrero encantado por una bruja que nunca aprendió cómo convertir a sus víctimas en sapos. Por eso, por encerrar entre sus carnes a un valiente guerrero, Barroco era un perro tan señorial, un caballero medieval con su exquisita coraza de costras. Nadie sabía cómo ni cuándo había llegado, pero se había quedado a vivir para siempre en la Universidad. Entre sus jardines, pasillos y corredores se paseaba como el rey que no fue, supervisando el buen orden de sus comarcas. Cuado caminaba, su andar era elegante y meticuloso, casi donjuanesco, de una elegancia más humana que perruna. 

Tal vez por su carácter real, Barroco era un animal de horarios. Siempre esperaba la una y cuarto para entrar al comedor. Era la hora en que nosotros salíamos de clases. Así que, en realidad, lo que hacía era esperarnos para meterse al comedor burlando la vigilancia de los cocineros, escondido entre nuestras piernas. Claro que tú no necesitabas hacer uso del comedor universitario porque no compartías mi escalón de estudiante pobre. Todo lo contrario tú ibas en una escalera eléctrica, desesperada porque yo me iba quedando atrás.

Ese día mientras nos formábamos en la enorme cola para el almuerzo yo estaba inventando un mito según el cual Barroco tenía la espalda carcomida porque un ave gigantesca, con la cual se había enfrentado, se la había picoteado. Te preguntaba acerca de si preferías que al final la horrible ave muriera con el cuello destrozado por las fauces de nuestro barroco, o si preferías que sólo la hiciera huir malherida. De pronto me miraste a los ojos y dijiste:

-     A que no eres capaz de robarte una sopa para mí.

La fila avanzaba como una enorme serpiente entre el edificio del comedor y unos jardines donde no crecía nada. Desde ahí se podía ver ese camino de polvo que atraviesa la Universidad, y más allá, al fondo, los edificios de nuestra facultad recortando la fotografía.

Conforme avanzaba la serpiente y nos acercábamos a la puerta podíamos sentir el olor de la sopa tibia y oír la terrible barahúnda que se armaba ahí dentro. El comedor era el único lugar en el que confluían estudiantes de todas las facultades. Todos entraban desesperados, comían a gritos, entre chistes y ensayos  de exposiciones, y volvían rápido a sus clases. A esa hora parecía una taberna mexicana. Sólo la música de Agua Marina parecía ponerle un poco de orden a ese laberinto.

Me estabas mirando fijamente a los ojos, desafiándome, metiéndome de cabeza a uno de esos interminable juegos tuyos en los que la inteligencia iba siempre de la mano con el azar:

-     A que no eres capaz de robarte una sopa para mí.

Conmigo a la cabeza la serpiente se introduce en el amplio edificio del comedor por una pequeña puerta. Avanzo tratando de no pisar a Barroco y tomo una bandeja. En el umbral hay una mujer que nunca sonríe, registrando las tarjetas. Frente a ella y detrás de una mesa de concreto está el coro de los cocineros. Uno te lanza casi como una estocada un cucharón de arroz; el siguiente, un cucharón de menestra, luego sigue el de la carne. Hay que mover con rapidez la bandeja para que te sirvan el arroz en el espacio que corresponde, para que no te vayan a echar la mazamorra sobre la menestra. Al tiempo que sirven, los cocineros van cantando: Avanza, avanza, Colorao. Mientras nosotros respondemos también en coro: Un poquito más de menestra, un poquito más de jugo en la presa, no seas malo, compañero. Al final de la mesa están las sopas ya servidas. Sólo se puede tomar una. De pronto noto que el cocinero que las sirve se agacha cada cierto tiempo. Es en ese momento que aprovecho. Ya tengo tu sopa en la mano, siento el calor del metal y el tibio olor de las verduras. Sólo me resta huir. 

-     GRRR…. ¡Guau, guau, guau!

Es la vieja que controla las tarjetas que se me viene encima tronando, echando espuma por la boca, ladrando a placer, diciéndome que las raciones están contadas, que no hay presupuesto, que Fujimori y Montesinos se llevaron toda la plata…. Y luego me arranca la sopa de las manos, como quien te arrebata la soga de la que cuelgas a un abismo.

Volteo a mirar hacia las mesas que están envueltas en una niebla azulina. Algunos rostros asoman riéndose de mí entre la atmósfera que se disipa, y en medio de ese claro de luz que resurge me miras sonriendo, moviendo un pie coqueto, intentando salvarme del bochorno. Mientras que, a un lado, Barroco, el perro sarnoso, filosofa sobre lo ocurrido, mirándome.



A ti te gustó el cuadro antes que a mí. Desde el mismo momento en que te lo mostré. Yo en cambio aprendí a quererlo con el tiempo, a fuerza de remirarlo y buscarte en él. No sé cómo llegó a mi vida, a la pared de mi habitación de estudiante pobre. Era un cuadro muy extraño: un cuerpo flotando en un charco de tonos rojos. No era un cuerpo femenino, tampoco masculino, ni siquiera podía decirse que fuese un cuerpo humano (era un montón de miembros evanescentes). Pero la delicada sensualidad de esas piernas, su tibieza, me hacían pensar en ti. El autor lo había firmado como Pantaleón. Cada día al despertar abría los ojos y el cuadro era lo primero que veía. Pasaba largo rato mirándolo, buscando una señal, un rasgo, un gesto que me aclarara por qué al mirarlo no podía dejar de pensarte. Después de un tiempo empecé a tener la certeza de que ahí no había ninguna metáfora, sino que la verdad de ese rojo sangre estaba delante de mí, simplísima, directa. Contemplar ese cuadro me exasperaba y seducía, casi tanto como descubrir tu hermosa desnudez de espada troyana en mi habitación después de escaparnos de las clases de estadística.

-     El movimiento del río es como una caricia.

Estabas desnuda de pie junto a la ventana. La ciudad, efectivamente, parecía, del otro lado del río, una isla de luces y el agua producía un murmullo suave como el roce de dos cuerpos desnudos. Eran la tierra y el agua que según tú se amaban y gemían. Yo estaba en silencio sentado en la cama, sin atreverme a tocarte todavía. Luego te pusiste a dar vueltas por toda la habitación, girando, tocando con las yemas de los dedos los cuadros de las paredes. Algunos de ellos los había pintado yo mismo. Pero como siempre, preferías quedarte mirando el cuadro del tal Pantaleón. Qué hermoso era entonces sentirse así, verte desnuda de espaldas mirando ese cuadro, sabiendo que en unos minutos nuestras pieles se iban a juntar, que nos íbamos a devorar el uno al otro. Qué hermoso era prolongar la espera.

En aquel entonces vivíamos un tiempo de paraíso virgen. Nuestras líneas recién se habían cruzado y por ello todo era un continuo descubrimiento. Nos gustaba preguntarnos por lecturas que considerábamos una exclusividad personal: Amaranta y Aureliano devorándose mutuamente, Juan Pablo muerto de celos matando a María Iribarne, y soñábamos con hacer el amor en la cama de Van Gogh, ésa que está en su habitación en Arles.

Ahora que recuerdo todo esto me arrepiento de no haberte pintado. Podría poseer para siempre tu vida del mismo modo en que los hombres primitivos poseían de antemano, por la pintura rupestre, la vida de los animalillos que cazarían al día siguiente. Pero nunca lo hice, nunca me sentí lo suficientemente bueno para esa mirada, para la caída exacta de tus cabellos, tus ojos de pájaro asustado y esas orejotas.



“Hace mucho tiempo que los hombres abandonamos la costumbre de comer carne cruda. Ahora nos aterra la idea. Sin embargo alguna vez, hace millones de años la carne cruda nos salvó la vida. Es bastante probable, incluso, que las primeras hordas humanas hayan tenido que devorar carne humana para sobrevivir. Claro que después descubrimos el fuego y la alta cocina, y conforme nos fuimos civilizando empezó a darnos miedo “la barbarie que dejábamos atrás”. Por eso desde entonces la carne siempre ha sido motivo de pudor y vergüenza. Nuestra religión nos ha hecho relacionarla siempre con lo pecaminoso, censurando los llamados “pecados de la carne”.

Desde que dejamos el salvajismo y nos hicimos “humanos” estamos todo el tiempo ocultando, maquillando esos actos que pudieran recordarnos nuestra antigua condición: ya no saltamos sobre nuestra presa y la degollamos, sino que pagamos al carnicero para que sea él quien se ensucie las manos, ya no devoramos la carne ensangrentada y tibia aún de vida, sino que nuestros cocineros han inventado miles de maneras de prepararla. Pero esa exquisitez, esa variedad de la sazón y el buen gusto en realidad oculta nuestro miedo a descubrir que debajo de todos esos adornos sigue latiendo la carne cruda; Si trajéramos en un hipotético viaje a través del tiempo a un troglodita, no reconocería en un Lomito Saltado la carne que él devora cruda en la oscuridad de su caverna; ya ni siquiera queremos tocarla y por ello hemos inventado cubiertos para que nuestras manos sigan quedando limpias del pecado. Cuando Adán y Eva pecaron recién se dieron cuenta de que estaban hechos de carne y corrieron a cubrirse. De esa misma manera seguimos cubriendo la carne: en el plato y tras las paredes de las habitaciones que hemos construido para esconder nuestros pecados.

“Sin embargo, mientras que nuestro paladar se ha refinado y nos asquea la carne cruda; continuamos deseando siempre el encuentro amoroso, la posesión directa de la carne. Eso es porque después de todos seguimos sintiendo una antigua nostalgia por la carne cruda. Y entonces sublimamos ese apetito a través del sexo. Todos los coitos son simulacros de fagocitación: al besarnos jugamos a devorarnos los labios y llegamos al extremo de mordernos. Si la sangre brota nos asustamos y tildamos ese acto de “masoquismo” pero en realidad nos asusta la idea de que renazca nuestro antiguo gusto por la sangre; los amantes además del beso recorren con sus labios, dientes y lenguas (¿qué otro acto puede estar más cercano al de comer?) el cuerpo del otro para llegar finalmente a la penetración que es el momento en el que el hombre y la mujer vienen a formar una sola carne.

“No es cierto acaso que en lengua vulgar se emplean expresiones como: Diego se comió a Emma”

-     ¿Por qué estás leyendo eso?

Te sorprendí con mis apuntes. Habías llegado a mi habitación y al no encontrarme no habías podido resistir la tentación de leerlos. Yo había estado trabajando la noche anterior y los había dejado desprotegidos sobre la mesa. Fue así que descubriste mis ideas pseudofilosóficas acerca del sexo. Tú estabas avergonzada por haber sido sorprendida. Sabías bien que no me gusta que lean un texto que aún no he dado por terminado. Para tranquilizarte empecé a hablarte con más detalle sobre esas ideas. Tú decías que eran ideas inconsistentes, que eran disparates que te estaba palabreando nomás para llevarte a la cama. Y tenías razón.



Hay una escena a la que siempre vuelvo, buceando en la memoria. Una fotografía gris en la que tú estás sentada en los escalones de la rotonda de la facultad, mirándome llegar, mirándome con una tristeza tan honda que siento que te vas a hundir y ya no te  podré rescatar. ¿En qué pensabas? No estabas pensando en hacer ese viaje tan lejos, seguramente, porque ni tú misma sabías que ocurriría. Estabas pensando en el pobre de Barroco. Y no había forma de alegrarte entonces. Seguramente te preguntabas por qué se tuvo que morir lo único que nos pertenecía en ese desierto de soledad.

La muerte de nuestro perro fue como una escena premonitoria. Ocurrió una tarde de mucho calor en que buscábamos un rincón para estar solos. En la universidad existía la leyenda de que los pisos altos del antiguo edificio de Estudios generales, a determinadas horas, eran el refugio ideal para parejas de estudiantes ansiosos de carne cruda y sin un céntimo en los bolsillos para rentar una habitación fuera. Subimos hasta el último piso para comprobar si la leyenda era verdad. Barroco nos seguía en silencio, con la lengua colgando como siempre, sin estorbar. Eran casi las tres de la tarde y a esa hora las clases se paralizaban, la mayoría de alumnos iban a sus casas y la Universidad entraba en una especie de modorra, hasta que a las 4:00 empezaban de nuevo las clases y la vida renacía por todos lados.

Cuando llegamos al último piso comprobamos que, tal como decía la leyenda, a esa hora no había vigilantes. Debían estar almorzando o descansando en algún cafetín, y ésa hora debía de ser la favorita de las parejas porque, una a una, fuimos descubriendo que las aulas ya estaban ocupadas por otros más desesperados que nosotros. Así fuimos descendiendo del edificio sin encontrar lugar y descubrimos que la única a aula disponible era una del primer piso que no tenía puertas, de manera que terminamos devorándonos debajo del pupitre del profesor. Sin mucho espacio para maniobrar, los cuerpos entrelazados como arañas, aquella vez sentí, viendo tu rostro asustado por la temeridad a la que yo te había empujado, que nunca íbamos a separarnos.

Barroco esperaba a unos cuantos metros. Miraba el techo, se rascaba de vez en cuando una pulga. Nos engañábamos imaginando que estaba vigilando la puerta.

Después nos fuimos corriendo al comedor a buscar algo para Barroco que parecía más hambriento y más sediento que nunca. El comedor estaba cerrado, pero después de lo que habíamos hecho sentiste que ya todo era posible, así que te metiste por una ventana y seguramente saqueaste las alacenas porque pronto volviste con unos panes duros para Barroco y un balde de agua. Barroco devoró los panecillos en un abrir y cerrar de ojos y bebió un poco de agua. En ese momento ocurrió que quisiste refrescar al bueno de Barroco y según tú le echabas su baldazo de agua fresca sin darte cuenta de que el balde debía contener algún ácido porque el perrito se disparó como flecha con el lomo friendo chicharrón. Yo me fijé en que era ácido por el humo que echaba el pobre. Cómo se desesperaba, cómo se apretujaba contra las paredes, contra los árboles, cómo se revolcaba en un musgo de estrellas, cómo hervía en contorsiones, cómo se apretaba contra los árboles, cómo se apelotonaba contra los árboles, cómo se aprechamuscaba contra los árboles, y así.  Para que no sufriera yo le estrellé una roca contra la crisma,  pero no te permití verlo. Tú querías quedarte hasta el final, sintiéndote un poco culpable de su muerte, y te enojaste conmigo porque casi te arrastré a seguirme, para que continuáramos con esa locura que era nuestra vida.  Mientras Barroco, nuestro buen Barroco, el perruno caballero que jamás le faltó el respeto a nadie, agonizaba por entre los jardines  del comedor universitario.

No sé si realmente puedas recordar todo lo que hasta el momento te he escrito, pero alguna botella náufraga debe de haber quedado en tu memoria.

Fue por los días previos al accidente que la patrulla salvadora atacó por primera vez. La patrulla salvadora era una especie de hermandad anónima que aparecía siempre para cobrar venganza (venganza de qué, eso sí que nadie lo sabía, ni ellos, pero venganza al fin y al cabo). Sus métodos les habían permitido escapar siempre impunes. Parecía como si nunca hubiese acuerdo previo: se arremolinaban de la nada, se juntaban nadie sabe cómo, por combustión espontánea, prestaban gente de entre los pacíficos e irrumpían en el tranquilo paisaje de una mañana en la universidad para golpear a algo o a alguien. Aquella mañana fui un espectador privilegiado. Yo llegaba a la universidad en el autobús de siete y media. Los alumnos bajaban en rebaños tratando de darse calor unos a otros. Todos vimos al vicerrector académico caminando tranquilo por la playa de estacionamiento, fumando su cigarrillo matinal. De pronto apareció la turba, prácticamente salieron de la nada, brotaron de la tierra y al grito de ¡Patrulla salvadora! ¡Patrulla salvadora! Le bajaron el pantalón, le raparon la cabeza a coco, lo golpearon con  unos almohadones de plumas mientras reían como locos gritando chistes sin sentido y lanzando acertijos para nadie. De la misma forma en que aparecieron se hicieron humo desapareciendo entre la multitud. Sus armas eran lo absurdo, la chacota. Nadie sabía tampoco por qué luchaban, no faltaron quienes vieron en ellos un rezago del marxismo. Cuando fui a contártelo tú no me creíste, siempre ocurría eso ¿Por qué no me creíste? Si hasta salió en los diarios. Dijiste que era un invento mío, que era un incurable, que no podía escapar a la tentación de literaturizarlo todo, de ficcionar cualquier cojudez.

En nuestra última mañana juntos asistimos a un concierto que ofreció la orquesta sinfónica de Piura. Aquel fue, sin duda, el mayor golpe en la historia del crimen absurdo. Era una mañana fría como el hierro y la gente se había refugiado pronto en el auditorio. El ambiente formal y las ropas elegantes fueron propicios para lo que pasó luego. Cuando nosotros llegamos la orquesta ya había empezado sus notas de estrella de agua calma. El auditorio estaba casi lleno, así que nos sentamos atrás. En las primeras butacas estaban, además de la intelectualidad y las viejas pitucas y culturalosas de siempre, las principales autoridades entre ellos el alcalde.

Un viejecito dirigía impecablemente los acordes. Los músicos circunspectos estaban a la mitad de una pieza de Mozart. Fue en ese momento que, saliendo de entre el público, la patrulla salvadora tomó el escenario al ritmo de su carnaval. Le pintaron con rubor la cara a todos los músicos, desnudaron al viejecito que apenas intentó resistirse, cantaron como pájaros, tocaron violines de horror, se calatearon, bailaron estupideces, tocaron ritmos torpes y africanizados en los instrumentos que arrebataron a los músicos. Todo esto de modo inofensivo, sin dañar a nadie, más con ánimo carnavalesco que incendiario. Todo transcurrió tan rápido que al cabo de unos segundos ya habían huido por las puertas laterales sin que nadie pudiera reaccionar. Peor aun, nadie recordaba quienes habían estado sentados en los asientos que quedaron vacíos. Cuando los de seguridad reaccionaron y fueron a ver al camarógrafo que debía haber filmado el evento, lo hallaron amordazado en uno de los baños. Las cámaras no habían filmado nada. Recién entonces me creíste… ¿Cómo te iba a inventar algo así?



La noche que me dejaste saliste temprano de clases. Eso fue una confusión bíblica: tú creíste que yo te esperaba en mi habitación de Castilla, y yo estaba seguro de que me esperabas en tu clase con el profesor X.  Te  busqué como un náufrago entre las multitudes que a esa hora pugnaban por escapar de la Universidad, en el comedor, en la biblioteca. Hasta que tuve el presentimiento de que ya no estabas a mi alcance, que corrías delante de mí sin que pudiera alcanzarte.  En ese momento recordé la lechuza enorme y ojerosa que se había parado a mirarme desde la ventana mientras oía la clase. Corrí hacia el paradero de autobuses, crucé  a toda velocidad la playa de estacionamiento y traté de alcanzar un autobús que salía raudo. Te vi perfilada e inalcanzable a través de la ventanilla, totalmente ajena a mi desesperación.  Fuiste, por un instante, el juguete caro que el niño pobre mira en el escaparate de una tienda.  Tuve que esperar el siguiente autobús que tardaba para salir en tu persecución. Desde el asiento te vi por última vez. Te alejabas de mí,  buscándome.

Cuando el autobús arrancó por fin y llegó a la puerta de la Universidad, había mucha gente arremolinada en la tranquera. Se percibía una agitación trágica. En ese momento me volvió el presentimiento. Le rogué al conductor que abriera la puerta y bajé hacia ti, al frío de esa noche llena de lechuzas. En ese momento supe que nuestra cita nunca sería posible, porque cuando llegué al lugar ya una ambulancia te arrancaba de mí. Todos me miraban compadecidos. El charco de sangre señalaba el lugar. Es cierto, los sesos estaban esparcidos por el suelo tal como informaron luego los diarios. Una muchacha que iba en tu bus diría después que sintió en las tripas cómo el carro se levantó sobre ti. Otra dijo que no entendía por qué en la esquina te quisiste bajar, y abriste la puerta del carro. Fue en ese momento que caíste  ¿Me estabas buscando, verdad?  Esa noche ambos habíamos corrido buscándonos. No sé cuál de los dos corría hacia atrás.

Sólo entonces comprendí que el cuadro ese de mi habitación había estado frente a mí: la fotografía de tu cuerpo destrozado en un charco de sangre.

Fue tan irónico que todo ocurriera en aquella esquina en donde tantas veces me habías dejado esperando y que hoy esgrime una pequeña cruz a tu recuerdo. Aquella noche mi único consuelo fue Barroco  ¿Realmente era Barroco, nuestro Barroco, ese perro que vino a mí esa noche? Primero se le oyó ladrar a lo lejos, lastimero.  El perro se acercó a la sangre con la intención de lamerla, pero lo boté de una patada. Luego se ha acercado poco a poco a mi vida, hasta que lo he aceptado. Hoy caminamos juntos. A veces creo sorprender en sus ojos tu mirada.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

...HISTORIA DE ENCANTO...INTRIGANTE DESDE INICIO HASTA EL FIN...ME ENCANTA LA PUBLICACION..EH CONOCIDO AL AUTOR FUE MI MAESTRO HAYA CUANDO ESUDIABA EN LA SAN FERNANDO...robscrivel

Jhoselin dijo...

un gran texto profesor , la manera como narra los detalles en la universidad y esa pasión es inspiradora , no sé si será verdad y si e sq lo fuee , ha servido para inmortalizarla a su amante y amiga . Alumna Ciencias de la Comunicación .

lucia dijo...

es un texto de gran pasion, pero no solo esa pasion carnal.
una trama muy intensa

sandy dijo...

wow increíble tiene notas cargadas d mucha sensualidad de aventura y de tragedia también, me gustó asi que el viernes comentaremos en su clase profesor

estela dijo...

es una excelente historia, esrita por aquel profesor que cautiva a sus alumnos contando historias de amor escritas por él.

angiie z dijo...

Narrar la devorante pasion y aventuras desencadenadas entre dos enamorados para luego finalizalizarla con un drama,es una buena historia profesor,ya q de algun modo nos insentiva a querer terminar de leer esta historia.

Anónimo dijo...

sus textos enamoran, belleza trágica y el amor son la mezcla perfecta :) éxitos.

jiroexia alcocer abad dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Unknown dijo...

Sin duda alguna una de las mejores historias y relatos q e leîdo genial me encanto la parte dnd se roba la sopa pero en general la obra fue genial y hermosa.......